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GHOST DOG: El camino del samurai (1999)
En la azotea de un edificio hay un cobertizo de madera y un palomar. Allí vive un sicario de la mafia apodado “Perro fantasma”; las palomas mensajeras son el medio a través del cual se comunica para recibir encargos. Su lectura habitual es el Hagakure, un código de comportamiento para samuráis redactado en el siglo XVIII, cuyas principales máximas irán apareciendo a lo largo de la película en distintos rótulos leídos por la misma voz del protagonista. Y es que el Perro fantasma se considera justo eso, un samurái, que por tanto se debe a un señor, y que es Louie, un gángster que un día le salvó la vida (es el único elemento de su pasado que conoceremos de él), y al que desde entonces ha quedado ligado por una lealtad que está fuera de discusión. Louie, a su vez integrante de una banda italoamericano, es quien se encarga de encomendarle “trabajos”.
A pesar de su vida solitaria, tiene dos amigos: una niña con quién intercambia libros en el parque, que siempre lleva un maletín o fiambrera, lleno de libros en lugar del almuerzo; la lectura como alimento. Podemos distinguir “El viento entre los sauces”, de K. Grahame y “Frankenstein”, de Mary Shelley. El otro amigo es Raymond, un vendedor ambulante de helados haitiano que solo habla en francés, lo que da lugar a varios momentos cómicos.
Película muy entretenida y con múltiples capas de significado y continuas referencias al cine de mafiosos, los dibujos animados clásicos, a los samuráis y al western.
Director Jim Jarmusch